Así era Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen

El mismo año que Enrique VIII rompía con el catolicismo y se casaba con la joven Ana Bolena nació Isabel, la futura reina de Inglaterra. Ese 7 de septiembre de 1533 fue una tremenda decepción para el monarca, que ansiaba un heredero varón. Enrique VIII se casó tres veces más, lo cual relegó a Isabel al olvido dinástico hasta que se reconcilió con su padre. Tras el breve mandato de Eduardo VI y el tumultuoso reinado de María Tudor, la hija de Catalina de Aragón, llevaron a Isabel al trono de Inglaterra el 17 de noviembre de 1558. Tenía 25 años.

Conver­tida en reina, Isabel continuó la política de su padre y, al contrario que su hermanastra, María, estableció que la Iglesia anglicana estuviera a su servicio. Pronto llegarían la excomunión papal y el enfrentamien­to abierto con su cuñado Felipe, uno de los muchos pretendientes a los que rechazó.

El romance de Isabel con Thomas Seymour fue un escándalo del que ella logró salir indemne gracias a su elocuencia.

A finales de su reinado, el balance del gobier­no isabelino era espléndido. La reina había consolidado la religión anglicana, había aplastado a los rebeldes en casa y a la Armada Invencible en el exterior, había sometido a los irlande­ses y había llevado la estabilidad a un país que vivía una época gloriosa, es­pecialmente en el terreno cultural.

Ilustración del funeral de la reina Isabel I.

TERCEROS

Pero, la madruga­da del 24 de marzo de 1603, con casi setenta años, Isabel Tudor se despi­dió del mundo no sin antes nombrar, en susurros, a su sucesor: Jacobo, el hijo de su prima María Estuardo, la misma a quien años antes había he­cho ejecutar.

Con ese último golpe de gracia, Isabel I sellaba una época y el fin de la dinastía Tudor, que durante más de cien años había conseguido mantener la soberanía y sentar las bases para la construcción del estado moderno. Así era la que fue conocida como la Reina Virgen:

1 Persuasiva

A la muerte de Enrique VIII, la reina viuda, Catalina Parr, se casó con Thomas Seymour, perteneciente a la aristocracia. Este sedujo a la joven Isabel, que cayó enamorada de él. Al encontrar a su hijastra en los brazos de su esposo, el desengaño de Catalina fue enorme. La comidi­lla se convirtió entonces en escándalo y el Consejo Real de Eduardo VI acusó a Seymour de conspirar para acceder al trono. Él fue ejecutado. Ella, recluida en su residencia. De todos modos, su diplomacia y su carácter avispado la ayudaron a salir indemne del episo­dio. Gracias a su dominio de la oratoria pudo convencer a la corte de su inocencia y recuperar su honor.

Isabel I tuvo un romance con Thomas Seymour que acabó en escándalo.

TERCEROS

2 Pertinaz

Isabel estaba resuelta a no casarse pese a las súplicas de la Cámara de los Comunes, que pedía a su reina que asegurase la supervivencia de la dinastía. Con la elocuencia que la ca­racterizó, convenció a la Cámara de que su compromiso era total con Inglaterra y de que todos los ingleses eran sus hijos. Un tiempo después, la Cámara volvió a insistir, pero Isabel resolvió la afrenta con un «no se hable más». Y disolvió la Cámara durante cuatro años.

Con el paso de los años se acentuó una resistencia tenaz a envejecer, que se convirtió en una verda­dera obsesión.

3 Obsesionada con la juventud

Con el paso de los años se acentuó una resistencia tenaz a envejecer, que se convirtió en una verda­dera obsesión. Tanto en la juventud como en la madurez, Isabel exageró su palidez de rostro virginal, se vistió con aparatosos y suntuosos vestidos que hacía acompañar de todas las pa­rafernalias de una auténtica reina (los guantes como símbolo de elegancia, el armiño como símbolo de pureza, la corona y el cetro como iconos monárquicos…) y alimentó de este modo su propio mito haciendo que poetas y pintores la ensalzasen como a una dio­sa inmortal.

4 Vanidosa

En los últimos años de su reinado se negó a que la pintaran «al natural», a que se la retra­tara sin aprobación oficial o a que una dama de la corte pudiera hacerle som­bra en belleza y elegancia. Su vanidad, su descaro verbal y su carácter capri­choso y receloso la salvaron de dejarse amedrentar, aunque no faltaron los que trataron de conseguir sus favores y de influir a Su Majestad. Algunos, entre sábanas.

5 Pragmática

A medida que avanzaba el siglo XVI, la población inglesa había pasado de tres a cuatro millones, los precios de los productos de primera necesidad no dejaban de aumentar a causa de la devaluación de la moneda y las malas cosechas, y cada vez había más pobres que malvivían y se hacinaban en edificios insalubres.

La virginidad fue un atributo por el que quería que su pueblo la recordase siempre.

Alertado por la situación, el go­bierno de Isabel aprobó unos postu­lados muy progresistas para su época: las leyes de los Pobres, que promul­gaban que su cuidado era una responsabilidad de la comu­nidad a la que todo ciudadano debía contribuir. Asegurando unos mínimos de subsistencia para amplias capas de la sociedad, Isabel consiguió evitar que la pobreza fuera origen de disturbios. Es significativo que dos de las leyes siguieran vigentes hasta entrado el siglo XIX.

Isabel I mostró con el paso de los años una resistencia tenaz a envejecer.

TERCEROS

6 Virgen

La supuesta virginidad de Isabel no significa que no tuviera aman­tes, aunque parece probado que mu­rió virgen, quizá por un problema congénito o por la certeza de que no podía tener descendencia. En todo caso, aparte del Seymour de la adoles­cencia, fueron varios los hombres que accedieron al corazón y tal vez a la cama de la reina.

La virginidad fue un atributo por el que quería que su pueblo la recordase siempre: como la soberana que «reinó virgen y murió virgen», y que solo se entregó a su país, al que adoraba con fervor.

Este texto se basa en un artículo publicado en el número 476 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a [email protected].

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